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Más allá de aciertos y errores, Luiz Inácio Lula da Silva ha tenido la inusual virtud de instalar (más en el exterior que en su propio país) una visión sin matices sobre los éxitos de su política. Fronteras afuera es elogiado por todo tipo de líderes, tanto que el propio Barack Obama lo definió como su ídolo. Hay, en definitiva, una aceptación generalizada sobre el liderazgo que Brasil ejerce en la región.
Sin embargo, se quiera o no, la realidad sí tiene matices, y el indudable peso de Brasil en América Latina tropieza más veces que las que se suelen contabilizar con la situación de un país todavía en desarrollo, sin una base material abrumadora que le permita sostener en los hechos el lugar que aspira ocupar. Brasil representa en términos de población, producto y territorio cerca de la mitad de Sudamérica. Éste es el primer círculo regional en el que desea ejercer su primacía. América Central es el segundo, aunque allí la pelea por el liderazgo incluye con mayor presencia a pesos pesados como México y, sobre todo, Estados Unidos. Lula da Silva encabezó la postura mayoritaria de los gobiernos sudamericanos sobre Honduras, con la Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Uruguay y Chile, entre otros. Denunció el golpe del 28 de junio contra Manuel Zelaya, exigió su restitución y amenazó, en caso de que ésta no se concretara, con desconocer las próximas elecciones convocadas por el Gobierno de facto, que serán el corolario de una campaña que se desarrolló en buena medida bajo el toque de queda, el estado de sitio y el cierre de medios pro democráticos. CONTINÚA EN EL POST ORIGINAL
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