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Escrito por Omar Bello - http://blogs.perfil.com/bello
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No le creo nada a Pepe Mujica. Un político que se saca fotos en pantuflas es, de mínima, cultor de la hipocresía a gran escala. Y no me vengan con eso de la idiosincrasia oriental. Dado que consideramos a Uruguay un pueblo habitado por gente sana y buena (imagen paternalista que los uruguayos odian), nos conmovemos ante las estampas de ese anciano con historia pesada que la juega de franciscano. Pero no se llega a presidente de un país a fuerza de tomar mate en la puerta de casa. Sus buenas cabezas habrá cortado el inefable nono. Y no me refiero sólo a su pasado como tupamaro, sino a su presente como político. ¿O creen que en Uruguay los políticos son nenes de pecho?
Si llegó es porque tiene bien afilados los dientes. Aunque vivimos en democracia, los latinoamericanos actuamos con mentalidad de monarquía (antes lo hacíamos con mentalidad de dictadura). De ahí que elijamos símbolos de alguna herida que nos falta cerrar y no candidatos con propuestas concretas que nos saquen del pantano en el que estamos metidos; comportamiento que no conduce a nada bueno en ninguna parte. Miren sino los yanquis cerrando las heridas del racismo con un presidente negro que no da pie con bola. La necesidad de cerrar ciclos rindiéndole culto a los héroes del pasado (héroes discutibles, por cierto) ya es un mal endémico en esta parte del planeta. Ojala Mujica sea el último de la lista y no un empujón que le de fuerza al montón de vivos que llevan años prendiéndose de la teta de una época cuya reivindicación ya no da para más. Los setenta me tienen harto. CONTINÚA EN EL POST ORIGINAL
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