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Escrito por Alfredo Leuco - http://www.alfredoleuco.com.ar
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Todos los argentinos tenemos un Sandro metido adentro de nuestra identidad. A todos nos dice algo. A todos nos despierta los recuerdos. A todos alguna vez nos expresó en nuestros sentimientos mas íntimos. Queremos tanto a Sandro. En mi caso, Sandro tiene dos momentos muy especiales. Aquel “Sandro y Los de Fuego” que desde los Sábados Circulares de Pipo Mancera hacía bailar a una juventud que empezaba a patear todos los tableros. La sensualidad de aquel muchacho arrabalero de Valentín Alsina que moviendo su pelvis como Elvis llegó a la gloria del Madison Square Garden.
El día que mas me conmovió fue cuando lo distinguieron en el Senado de la Nación. Recibió el premio, lo aferró junto a su pecho y gritó: “Mami, viste donde llegó el nene”. Nos hizo llorar a todos. Se sentía orgulloso de sus orígenes, de su barrio, “siempre voy a ser el hijo de doña Nina y de Don Vicente, el que necesitaba dos meses para ganar lo que a los 17 años yo ganaba en un rato sobre un escenario.” Así se definía. Aquel Sandro fue sembrando romanticismo en toda América y cosechó legiones de admiradores. Se convirtió en pasión de multitudes. Sin escándalos ni chismes. Atrincherado en su casa de Banfield para que le respetaran su intimidad. Todo lo que ganó se lo ganó arriba del escenario. Cantando o actuando en sus películas que ya son de culto.
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